Allí estaba ella, una mujer de inigualable belleza, que con un dulce tono de voz decía las palabras que quería escuchar, y con una mirada fija, coqueta, me hacía sentir justo de la manera que me quería sentir. La combinación de estas características y las tiernas muecas que se hacen en su rostro al hablar, hacen sentir las propuestas más optimistas de la vida alcanzables.

Daniela es su nombre, nos estaba invitando a Andrés, uno de mis amigos más cercanos, y a mí a pasar la noche en una montaña cercana al pueblo, en donde nos sentaríamos alrededor de una fogata, junto a ella y dos de sus amigas. Mientras escuchaba esto, la imagen mental de tan prometedora noche se va formando en mi mente. Podía sentir el calor de la fogata, escuchar las risas en las interminables conversaciones y mi mirada enceguecida por el brillo del fuego, la luna y los flashes de las cámaras que inmortalizarían aquel momento.

Al terminar su propuesta, sus grandes ojos cafés se centran en mí e imponen una pequeña sonrisa en mi rostro. Me es imposible ocultar mi felicidad y profunda entrega a la realización de aquella propuesta. Finalmente iba a alcanzar ese cáliz que contiene en su interior un algo que siempre me ha faltado, siempre esquivo, un tanto más lejos del alcance de mi agarre, donde en el mejor de los casos, sólo puedo rosarlo con la yema de mis dedos, antes de caer en aquel castigo divino por intentarlo tomar.
 
Isabel, una amiga igual de cercana, cuya relación con Andrés es indeterminada para todo el que no vive la complejidad de ésta, es quien habíamos ido a visitar inicialmente, pero con la presencia de Daniela, su prima, las prioridades de mi visitan habrían de cambiar completamente.

Aquella promesa de felicidad no duró por mucho tiempo, con una sonrisa penosa pero picaresca y un dulce tono de voz, que mí oído sigue de arriba a abajo, como si escuchara una sinfonía perfecta e irrepetible, Isabel dijo las palabras que disiparían todas las imágenes mentales de aquel posible futuro. “Ellos ya se tienen que ir”, le dijo a Daniela, “es mejor que se vayan rápido, ahora que el tráfico no es un problema”.

Realmente lo intenté, tuve una pequeña discusión con Isabel, luché por aquel futuro, aquel momento que estaba a sólo unos instantes más de lograrse, y aunque el destino ya había dado su dictamen yo quería... más ahora que todo se sentía tan… Andrés, al poner su mano en mi hombro, me hizo caer en cuenta de que luchar ya era inútil, es hora de partir.

“Ya saben donde vamos a estar por si quieren ir”, dijo Daniela cuando nos estábamos subiendo al carro, había un tono desafiante, buscando que no le hiciéramos caso a Isabel. Quizás, ella de verdad sí nos quería presentes en aquel momento, y sabía que ésta invitación, éste plan en específico, era justo lo que habíamos estado esperando todas nuestras vidas.

Esas palabras se repiten en mi mente una y otra vez mientras observo silenciosamente el camino. Andrés, incómodo con el silencio hace movimientos con la cabeza, no sabe que decir o que hacer, pero él sabe tan bien como yo que oportunidades como ésta se repiten pocas veces, demasiado pocas como darnos el lujo de rechazarlas. Es imposible romper el silencio, ambos estamos profundamente derrotados. 

Un profesor me decía que para poder hablar había que escribir muy bien, a veces unas palabras dichas de una manera en específico pueden significar mucho más de lo que se desea. En éste caso las palabras de Daniela transformaron un fin de semana perfecto en una oportunidad pérdida, en algo más que pudo haber sido pero no fue. No eran promesas de amor o de sexo, era algo mucho más importante, era la oportunidad de agarrar aquel cáliz y probar de el, aquel algo, ese algo tan distante y tan faltante en mi alma, que no me deja ser feliz.
 
No puedo culpar a nadie, ni a Daniela por darme esperanza, ni a Isabel por quitármela, ni a Andrés por resignarse… yo tengo una fe infinita en la bondad de la vida y me entrego al pensamiento de que si ese día en específico no logre probar de aquel divino cáliz, otro día quizás encontraré la manera de volver a aquel momento en donde si estuvo en mis manos... me sumergiré en el río del tiempo y nadaré en contra de su corriente hasta que un día finalmente….

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